Violetazzo
Écheme de una vez el cargo, con todo y agravantes: Bitchcraft.
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14th-Jan-2007 09:46 pm - EL PUEBLO DE LA MASA AZUL.
El pueblo de Los Remedios más que un pueblo en toda la extensión de la palabra, es una colonia no-modernizada. Situado en la cima de un cerro, está coronado por una mini-basílica y una, llamémosla así, capilla al aire libre con una escultura enorme de un arcángel venciendo a un demonio reptiloide bastante imponente.
Todo lo que está alrededor de estas dos construcciones —por lo menos la cuadra a la redonda que recorrí en mi visita— es idéntico a lo que recuerdo de los dos o tres poblados bicicleteros en que he estado: pequeños restaurantes con menús abarrotados de antojitos y platillos mexicanos acompañados con agua de los sabores mexicanos por excelencia —horchata, jamaica y tamarindo—, refrescos y la tradicional —por no decir obligatoria— chela; una cantina de esas mexicanotas hasta topar con pared –rocola con puros discos de música ranchera incluida— y los característicos localitos donde venden todoloquegustes de barro sin mencionar los típicos —y necesarios— puestos de algodones de azúcar, tamarindos, alegrías y demás chuchulucos.
La gente en su gran mayoría es servicial y si no fuera por mi rechazo natural a los lugares tranquilos, agradables y aburridos; hasta fantasearía durante unos minutos con irme a vivir a una villita como esa, poner una pulquería como las que había en los años previos a la Revolución Mexicana y vivir cantando corridos y boleros a la luz de la Luna.
Sin embargo, ese desagrado del que acabo de hablar bien podía ser esquivado un par de horas —estaría medio cabrón eso de ir tan lejos sólo a hacer un conteo de las cosas que me molestan—. Así que fue por eso que, después de cruzar el patio principal de la iglesia del lugar con actitud de campeón de libro de Miguel Ángel Cornejo, y hallándome rodeado de sitios donde comer, me decidí por el restaurante más grande, más atractivo y más atascado de gente de la comarca.
Conseguir una mesa fue una aventura. Conseguir que un mesero me atendiera fue una proeza digna de un texto aparte. Encontrar algo que realmente despertara ese deseo quasi lascivo de comer fue imposible. Por eso terminé pidiendo una quesadilla de queso –y no es redundancia, todos sabemos que hay quesadillas de sesos, de flor de calabaza, de papa, de huitlacoche…— y un sope sencillo –léase como, sólo con frijoles y lechuga—, todo sin salsa. De beber la tradicional jarra de agua de horchata.
Lo primero en llegar de mi orden fue, por supuesto, el agua. No estaba mal pero tampoco era la mejor que había probado —I mean, la que venden en La Michoacana que está enfrente de la Iglesia del Carmen ahí por Tepis es simplemente incomparable—. El tiempo pasaba y mi comida no llegaba, entretenía a mi estómago con el agua y a mi cerebro con toda clase de anotaciones sobre los comensales de las mesas circundantes: de la familia mexicana Standard –mamá, papá, hermano, hermana— y los amigos de cincuenta años cheleando hasta una pareja de esas que necesitan una cogida pero en plan de urgente porque no se dirigen la palabra ni para pedirse la sal.
Cuando comenzaba a preguntarme si el meseriux había olvidado mi orden, éste se acercó y, antes de que pudiera decir quelque-chose, dejó dos platos en mi mesa y huyó hacia otra. Me quedé como imbécil viendo el contenido: sí, en efecto había una quesadilla de queso y un sope con puros frijoles y lechuga pero ambos, ambos estaban hechos con… ¡masa azul! MA-SA [espacio] A-ZUL. No la deliciosa masa blanca a la que todos estamos acostumbrados en las tortillerías, puestos de tacos, de garnachas y demás sitios en que la masa es materia prima de un producto más elaborado. ¡No! Era masa con ese color que me encanta pero no en mi comida.
Y sí, yo sé que la masa azul tiene sus adeptos pero digamos que, al menos en la Ciudad es considerada como un plus. Si quieres masa azul tienes que pedirla. Al momento de ordenar haces la especificación sobre el color de la materia prima de tu garnacha, si no lo haces, entonces se sobreentiende que estás pidiendo masa blanca. Pero al parecer en este pueblo no es así. Visiblemente aquí todo es al revés.
Pero como ya ni llorar es bueno, pedí la misma orden ahora sí subrayando «masa blanca» dos veces y después de comer fui a quitarme la molestia cromática con unas obleas con miel. Éstas sí con colores chillones —incluyendo el azul—, pero es sabido por todos que las reglas en los dulces, no existen.
9th-Jan-2007 07:43 pm - ¿QUIÉRES ALGO DE TOMAR?
Desde hace un par de meses tenía contemplado entrar a ese lugar. El toldo azul rey y la entrada de vidrios casi-negros me llamaban la atención al por mayor. No obstante nunca se me había presentado la oportunidad de entrar —o no la había propiciado— hasta hoy. Y es que, al no tener nada que hacer en mi casa, decidí cumplirme el caprichito de ir a ese salón de belleza que tanta curiosidad me causaba.
Al cruzar la puerta me topé de frente con una mesilla color chocolate sobre la que se encontraba un arreglo de esos en que se mezclan flores con ramas secas y que están muy en boga actualmente. Una señorita con un corte de cabello bastante extravagante me dio la bienvenida mientras me invitaba a sentarme para esperar a que el estilista terminara con un cliente y así yo pudiera pasar por sus manos y tijeras. Asentí, tomé asiento en un sofá de cuero negro y, para entretenerme, recorrí con la vista todos los rincones del lugar: desde las paredes blancas a las tres fotografías tamaño poster enmarcadas y colgadas que mostraban, la primera, una espalda femenina, la de en medio el cuerpo desnudo de un hombre y la que estaba a la izquierda, dos cuerpos femeninos desnudos entrelazados. «À la Calvin Klein», me dije.
Pasaron varios minutos y, cuando comenzaba a aprenderme los precios de los cortes, tintes, alaciados y manicures, finalmente el estilista estrella me llamó y, cuando estuve de pie frente a él, me pidió que siguiera a una señorita que, al igual que la que me recibió, tenía un corte de cabello très bizarre… como de video musical de Cher.
Estaba a punto de abrir la boca para protestar —digo, si iba a pagar una cantidad considerable de dinero por el corte, quería que por lo menos fuera con el experto de las tijeras y no con una aprendiz—, pero me callé cuando vi con sorpresa que la mujer no se dirigía a uno de los apartados destinados al corte de cabello si no a un sillón de esos para coco-wash.
Vacilando la seguí, me senté en el sitial y recargué mi cabeza —como ella indicó— sobre un recipiente blanco. Viendo hacia el techo me pregunté qué iba a ocurrir cuando, casi inmediatamente, recibí como respuesta agua tibia en todo mi cuero cabelludo. Comencé a cerrar los ojos para bloquearme de la apenas comenzada experiencia extrema pero volví a abrirlos al sentir espuma y un suave masaje en mi cabeza. «¡Me acabo de bañar!» pensé pero no dije nada. Una vez terminada con su labor, la joven me pidió que me incorporara. Así lo hice y ahora sí, fui transportado a uno de los sillones con un espejo enfrente y toda una gama de herramientas —de cuyos nombres sólo conozco tijeras, secadora y plancha— alrededor. Comenzaba a ensimismarme nuevamente cuando la misma chica que minutos antes había tocado mi cabello hizo la pregunta más extraña que yo hubiera escuchado hasta ese momento en una estética:
—¿Quieres algo de tomar?
—No, gracias —Contesté dubitativo mientras pasaba por mi cabeza la cantidad de dinero guardada en mi cartera.
Solamente dijo «O.K.» y se alejó. Ahora sí llegó el estilista y, después de pasar sus dedos una vez por mi cabello, me preguntó por el tipo de corte que quería. Respondí que no sabía cómo quería que lo cortara, le pedí una sugerencia y, después de que me dio un análisis detallado de los tipos de corte de acuerdo a la confección de mi cara, elegí uno y se puso manos a la obra.
Durante media hora repasé todos los rincones de la habitación, me aprendí los titulares de una revista que estaba sobre una mesita frente a mí e imaginé como son la señora Valdivia que «tiene cita a las doce para aplicación de tinte» y la señora Moguel que «habló para cambiar su cita de manicure de la una a las cuatro». Todo esto con tal de no verme en el espejo, tratando de bloquear la imagen de mi cabello cayendo; y es que, a alguien que llora cuando no le gusta el corte de cabello que le hicieron, no hay cuadro más angustiante que el de un trabajo con tijeras a la mitad.
De repente todo quedó en silencio, ni máquinas ni tijerazos se escucharon en el aire. Desperté de mi letargo provocado y, viéndome en el espejo pensé «No te ves nada mal», pero aún faltaba que me peinaran y entonces, comenzó una casi-tesis de las propiedades de la cera para cabello y sus ventajas sobre el gel. Monsieur Le Figaro me explicó como peinarme con mi nuevo corte haciendo uso de secadora y plancha –como si tuviera tiempo para esperar simplemente a que caliente el bendito aparato— y ahora sí, ya que todo había terminado, a hacer el recuento de los daños.
Aún me siento extraño por el corte tan diferente a los que antes había usado pero creo que valió la pena tan extraña experiencia lejos de las peluquerías normales. Y creo que sí me gustó eso de ir al mismo salón que el de la señora Valdivia con el trato tan personalizado, amable y costoso. Eso sí, ¡la próxima vez que me ofrezcan algo de tomar, aceptaré! me acabo de enterar que la bebida corre por cuenta de la casa.
4th-Jan-2007 11:59 pm - DE GANANCIAS Y PÉRDIDAS.
Las Vegas puede ser la ciudad del juego y las apuestas por excelencia, pero en muchos otros países ya hay casinos enormes llenos de dinero que no se moverá ahí y, en cambio, entrará mucho, mucho más gracias a todos aquellos pobres ilusos que creen ir a hacerse millonarios en esos lugares. Me acuerdo de que una vez, en un viaje que hice a Colombia, caminando por una calle del centro de Bogotá me encontré con un casino gigante, repleto de luces de colores que parpadeaban de manera casi brusca. El lugar se llamaba Casino Tropical o algo por el estilo porque hasta donde recuerdo el lugar estaba adornado con palmeras, peces, sirenas y demás curiosidades marinas. Sin embargo en esa ocasión no pude entrar; aún no tenía edad para perder mi dinero de manera oficial.
Ahora, que sí cumplo con un rectángulo de plástico avalándome como persona independiente con poder de decisión, no he ido nuevamente a Bogotá y no he conseguido patrocinio para ir a Las Vegas —aunque en realidad nunca me he sentido atraído por tan banal ciudad— pero si puedo entrar al Royal Yak, el casino no-casino más grande —hasta donde yo sé— de la Ciudad de México.
El lugar desde el estacionamiento ya es impresionante: ocho pisos de cajones para automóviles lo confirman. Una vez que estacionas tu coche, para acceder al establecimiento debes bajar por un elevador hasta la planta baja. Al abrirse las puertas te encontrarás en un lobby vacío con una sola columna y pantallas plasma en las esquinas; caminando de frente te toparás con la entrada —con detector de metales— así como un guardia de seguridad para que, en caso de aparentar menos de dieciocho años, se revise tu credencial de elector, pasaporte o cartilla del servicio militar.
Una vez mostrada la identificación de tu preferencia puedes entrar y ahora sí, a lo que te truje Chencha: frente a ti, en hileras de cuatro, máquinas y más máquinas para jugar y jugar hasta que te quedes sin un quinto. Pero antes de gastar tu dinero, debes ir a las cajas a conseguir tu número de cuenta. Pagas lo que piensas jugarte, te dan un ticket con un número que no debes perder —porque en caso de ganar o querer retirarte deberás entregarlo para cobrar el dinero— y buscas una máquina que te interese. Sí, la de cuentos de hadas se ve bien.
Te sientas, seleccionas el valor que tendrán tus apuestas entre diez, veinte y cincuenta centavos y ahora sí ¿número de combinaciones que quieres apostar? ¿Por cuánto? Quince por uno, gracias. En la pantalla giran y giran figuritas hasta que una a una las cinco líneas se detienen. Ninguna combinación y ya tienes un peso y cincuenta centavos menos. «Ok, no hay pex, esto apenas comienza» te dices y aprietas el botón de Comenzar juego. El mismo resultado una y otra y otra vez —aunque en algunas rondas esporádicas llegas a ganar uno o dos pesos… cuatro si bien te va—. Sigues apretando el botón como autómata hasta que te percatas de la cifra que se ríe de ti desde la pantalla: te quedan ciento sesenta pesos. «¡Pero si llevo quince minutos jugando!».
Parece que el dinero y los cuentos de hadas no se complementan por lo que aprietas el botón de Cobrar y cambias de máquina. Alien se ve más entretenida y es menos simplona que la de princesitas, príncipes y unicornios. ¡Eso! Dibujos de extraterrestres mostrando colmillos, huevos babosos y navecitas. El mismo procedimiento sigues que en la anterior y, aunque en un par de veces te aparecen premio especial en una hora te quedan seis centavos.
Como ya son las diez de la noche decides ir a cenar algo antes de irte. Ahí mismo hay un pequeño restaurante-bar que, además de presentar desde esta hora diferentes shows cada día para amenizar tu cena, tiene un menú económico y bastante aceptable.
Una copa de vino, un plato de pasta y un buen grupo de jazz después, pides la cuenta y sales sin un quinto. Por suerte al haber comprado doscientos pesos en la caja para jugar te regalaron el estacionamiento. Ni modo, no fue tu noche, pero habrá mejores. Porque obviamente no piensas dejar de ir. ¡Hasta tramitaste tu membresía del Club Derby!
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