Violetazzo
Écheme de una vez el cargo, con todo y agravantes: Bitchcraft.
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18th-Mar-2007 11:26 pm - GRATIAS AGIMUS TIBI
Aunque me encante ir a exposiciones, hay algunas a las que trato de evitar asistir no por el contenido de éstas, sino por el tipo de gente que las frecuenta: estudiantes de primaria, secundaria y preparatoria. Y es que así como todos sabemos que en las mañanas los Vips, Portones y restaurantes similares se llenan de damas que van a desayunar con sus amigas, también sabemos que hay exposiciones en las que nos encontraremos rodeados de cientos y cientos de estudiantes que, con cuaderno y pluma en mano, copian todos y cada uno de las captions que se encuentran a su paso —¿Acaso no sabrán que en México es considerado plagio no dar créditos cuando se hace una cita textual y que se puede ir a la cárcel por eso?—.
Y es que ¿existe alguien a quien no le resulte molesto intentar acercarse a una pieza en exhibición y no poder hacerlo porque un estudiante está representando a un monje copista justo enfrente de la obra en cuestión?... En el mejor de los casos, eso sí; porque claro que puede llegar a ser peor, por ejemplo, si su papá le está dictando. Entonces te obstruye la vista no uno, sino dos cuerpos y te tienes que aventar la información del objeto en versión susurritos.
            Por eso cuando me avisaron que debía visitar la exposición Revelaciones que se presenta en el Antiguo Colegio de San Ildefonso casi me caigo de la silla. Sabía que, aunque el contenido de la exposición podía llegar a ser interesante, estaba entrando a la boca del Lobo plagia-textos —algo así como el primo hermano del Lobby Feroz—. Fijé mi visita para «un domingo», pero conforme pasaban las semanas, y más me acercaba a la fecha en que debía intercambiar mis impresiones de la exposición, ese un domingo seguía sin llegar. Así que no me quedó de otra. Decidí agarrar al toro por los cuernos —¿no que era lobo? — y echarme, nada convencido, un clavado al Centro Histórico.
            Sin embargo, al no saber la ubicación del museo, tuve que atravesar calles repletas de ambulantes vendiendo productos Made in China a precios no tan bajos, como uno llegaría a suponer. Una vez que hube llegado, comprado mi boleto —el día de entrada gratuita es el martes (?)— y me hube pegado una estampa amarilla en el saco con la leyenda Revelaciones me dispuse a ascender las escaleras
            Y ahí estoy. Parado frente a una pesada puerta de madera cerrada con el logotipo de la exposición y un letrero de «Primera sala», pensando si debo sólo abrirla y entrar o debo acaso dar tres golpes y al monje que me abra decirle algo así como «Gratias agimus tibi». Pero no, creo que es demasiado. Por eso sólo abro la puerta y me adentro en un recinto abarrotado de gente —en su mayoría de personitas cuya edad oscila entre los doce y diecisiete años— con, efectivamente, cuaderno y pluma en mano. Mentalmente omito ese pequeño pero significativo detalle y comienzo mi paseo por tres siglos en la historia artística-cultural de Latinoamérica. Porque supuestamente en las ocho o nueve salas se exhibían obras no sólo de México sino de todos aquellos países que en conjunto reciben el nombre de América Latina. Sin embargo, la realidad es otra. Los objetos no-mexicanos son escasos provocando que no exista una verdadera visión global de lo que fue el virreinato —que es como te venden la exposición—.
            Además muchos de los objetos, por no decir la mayoría, fueron traídos del Museo Nacional del Virreinato o del MUNAL. Es decir, cualquier persona que ya haya visitado el ex-convento de Tepotzotlán y el museo de la calle Tacuba encontrará menos novedades.
            ¡Y ni hablar del pésimo ambiente que se respira en las salas! Además de los alumnos de escuelas públicas escribiendo sin cesar, los vigilantes hacen lo propio al no permitirte acercarte ni tantito a las obras. Porque si bien es cierto que es «en pro de la protección del patrimonio ahí exhibido», alguien que busca examinar con mayor detenimiento los detalles sumamente importantes en determinadas obras –como por ejemplo las pinturas casi-mapas que se hacían en la época- encontrarán imposible dicha tarea. Y no estoy abogando por el «Toca, juega y aprende» del Papalote Museo del Niño en el retrato de Sor Juana Inés de la Cruz o en el Cristo-niño crucificado pero sí creo que inclinarte para ver más de cerca un fragmento con más precisión no es un crimen.
No sé si fue el hecho de que fui en domingo —día en que todas las familias aprovechan para ir a museos… porque a los niños se los dejaron de tarea—, porque a mi parecer el nombre de Revelaciones le quedó grande a la exposición —como a algunos les queda grande la yegua— o porque las exposiciones así de didácticas ya no son para mí. La verdad es que salí bastante decepcionado de la exposición. Tanto que tuve que ir a Gandhi para socavar ese sentimiento con otro: el de no tener dinero para comprar los libros que se me antojaron tanto.
14th-Mar-2007 08:52 pm - OTRA DE «ARTISTAS» ANARQUISTAS.
Como cada vez que entro al Laboratorio de Arte Alameda, no sé con qué me voy a topar. Mi inseguridad va más allá de la oscuridad que impera en la ex-iglesia. Cruzar la puerta del lugar estando conciente de que de la exposición no sé nada más allá del nombre siempre me llena de una sensación mitad incertidumbre, mitad curiosidad.
Esta vez no fue la excepción. El nombre Otra de vaqueros no daba una sola pista, una vaga idea de lo que estaba a punto de ver. Sabía que era una exposición montada por varios artistas. También sabía que «es una especie de collage» y tenía el juicio de alguien que opinó que «los trabajos no lograron integrarse en un todo». Pero nada más.
Tal vez por eso caminé hacia el lugar con un ritmo mucho más pausado de lo que normalmente acostumbro. Tal vez por eso en la puerta del edificio me detuve, estuve a punto de dar media vuelta y salir corriendo hacia un lugar más seguro. Una iglesia bautista, por ejemplo.
Pero no. Algo en mi interior me hizo entrar, ignorar que la puerta a la capilla/sala principal ya no era la misma —y que habían movido el guardarropa de lugar—, pedir los folletos necesarios para entender la exposición y, finalmente, adentrarme en mi nueva aventura de arte contemporáneo.
Primero me topé con el video de un lechón siendo rostizado en una fogata junto a una camioneta a la orilla de una carretera en la noche mientras la voz de un reggaetonero recitando-cantando algo sobre las maldades del capitalismo se escuchaba de fondo. Vi con detenimiento el video tres veces seguidas y después, ya que me sentía abrumado, avancé a la siguiente sala en donde un video en el que se veían fragmentos de diferentes programas de televisión —documentales, infomerciales, noticieros, programas de concursos, etc. — me recibió. «Una clara crítica al contenido de la pantalla chica» pensé.
Luego siguieron un documental sobre gente que ha participado en revueltas contra la globalización, fotografías de movimientos sociales alrededor del mundo, etc. —hasta un mural con el tío Rico McPato como personaje principal formó parte de tan interesante despliegue de creatividad—. Es decir, me encontré en medio de un festín artístico medio globalifóbico, medio anarquista… ¡y yo soy globalifóbicofóbico!
Sin embargo mis convicciones políticas no fueron impedimento para que analizara lo más a fondo que mi inteligencia permitió todos y cada uno de los objetos de la exposición —incluso en algunos me regresé para examinarlos por más tiempo—. Forme hipótesis sobre el significado de cada obra en individual y luego en conjunto como una casi-necesidad por encontrar que había algo más allá de una simple —y casi pueril— declaración de guerra al mundo capitalista. Pero no. La exposición no tiene más razón de ser que criticar el mundo en que vivimos —por más trillado que esto pueda sonar—; aunque en solitario uno o dos objetos lograron atraer mi atención —e incluso seguir moviéndose en mi cabeza horas después de haber dejado el edificio—, puedo atreverme a decir que no se logró una unidad, que al final es lo que se busca en una exposición por más comunitaria que ésta sea.
25th-Feb-2007 09:14 pm - LA VIDA DE GABRIEL OROZCO EN SU OBRA.
Las salas del Palacio de Bellas Artes que fueron ocupadas por la exposición de Gabriel Orozco, más que mostrar la retrospectiva de la obra de un artista, presentaron la radiografía de la vida de un hombre.
            Desde la primera parte de la exposición se dio la advertencia de que, en las salas posteriores, la única medida de la obra ahí exhibida sería el mismo Gabriel Orozco: una esfera con el mismo peso que el del artista, un corazón de barro formado con sus manos entrelazadas, mesas de trabajo donde objetos disímiles adquieren significado si se usa a Orozco como conector y una circunferencia dibujada en la pared como muestra de la longitud de sus brazos fueron únicamente el comienzo.
            De esa manera, entre un abanico hecho de palitos de madera a partir del contorno de su mano, boletos de avión a los que agregó figuras geométricas a voluntad y pinturas igualmente hechas con figuras geométricas, el observador pudo adentrarse no sólo en la obra de uno de los artistas mexicanos más reconocidos en el mundo, sino también en su psique y en su vida personal.
            Y aunque tal vez pueda sonar a una presentación ególatra donde sólo figura el yo del artista, no es así. La habilidad con que Gabriel Orozco usa la pintura y la fotografía o se aventura en la mezcla de materiales como el cartón con el hule espuma, así como la capacidad que tiene para manejar de manera sutil un humor sagaz sin caer en lugares comunes del arte contemporáneo lo hacen un creador que no sostiene su obra en el significado, el objeto por sí mismo puede transmitir y proponer permitiendo al espectador formar una propia interpretación de lo que ve.
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