Aunque me encante ir a exposiciones, hay algunas a las que trato de evitar asistir no por el contenido de éstas, sino por el tipo de gente que las frecuenta: estudiantes de primaria, secundaria y preparatoria. Y es que así como todos sabemos que en las mañanas los Vips, Portones y restaurantes similares se llenan de damas que van a desayunar con sus amigas, también sabemos que hay exposiciones en las que nos encontraremos rodeados de cientos y cientos de estudiantes que, con cuaderno y pluma en mano, copian todos y cada uno de las captions que se encuentran a su paso —¿Acaso no sabrán que en México es considerado plagio no dar créditos cuando se hace una cita textual y que se puede ir a la cárcel por eso?—.
Y es que ¿existe alguien a quien no le resulte molesto intentar acercarse a una pieza en exhibición y no poder hacerlo porque un estudiante está representando a un monje copista justo enfrente de la obra en cuestión?... En el mejor de los casos, eso sí; porque claro que puede llegar a ser peor, por ejemplo, si su papá le está dictando. Entonces te obstruye la vista no uno, sino dos cuerpos y te tienes que aventar la información del objeto en versión susurritos.
Por eso cuando me avisaron que debía visitar la exposición Revelaciones que se presenta en el Antiguo Colegio de San Ildefonso casi me caigo de la silla. Sabía que, aunque el contenido de la exposición podía llegar a ser interesante, estaba entrando a la boca del Lobo plagia-textos —algo así como el primo hermano del Lobby Feroz—. Fijé mi visita para «un domingo», pero conforme pasaban las semanas, y más me acercaba a la fecha en que debía intercambiar mis impresiones de la exposición, ese un domingo seguía sin llegar. Así que no me quedó de otra. Decidí agarrar al toro por los cuernos —¿no que era lobo? — y echarme, nada convencido, un clavado al Centro Histórico.
Sin embargo, al no saber la ubicación del museo, tuve que atravesar calles repletas de ambulantes vendiendo productos Made in China a precios no tan bajos, como uno llegaría a suponer. Una vez que hube llegado, comprado mi boleto —el día de entrada gratuita es el martes (?)— y me hube pegado una estampa amarilla en el saco con la leyenda Revelaciones me dispuse a ascender las escaleras
Y ahí estoy. Parado frente a una pesada puerta de madera cerrada con el logotipo de la exposición y un letrero de «Primera sala», pensando si debo sólo abrirla y entrar o debo acaso dar tres golpes y al monje que me abra decirle algo así como «Gratias agimus tibi». Pero no, creo que es demasiado. Por eso sólo abro la puerta y me adentro en un recinto abarrotado de gente —en su mayoría de personitas cuya edad oscila entre los doce y diecisiete años— con, efectivamente, cuaderno y pluma en mano. Mentalmente omito ese pequeño pero significativo detalle y comienzo mi paseo por tres siglos en la historia artística-cultural de Latinoamérica. Porque supuestamente en las ocho o nueve salas se exhibían obras no sólo de México sino de todos aquellos países que en conjunto reciben el nombre de América Latina. Sin embargo, la realidad es otra. Los objetos no-mexicanos son escasos provocando que no exista una verdadera visión global de lo que fue el virreinato —que es como te venden la exposición—.
Además muchos de los objetos, por no decir la mayoría, fueron traídos del Museo Nacional del Virreinato o del MUNAL. Es decir, cualquier persona que ya haya visitado el ex-convento de Tepotzotlán y el museo de la calle Tacuba encontrará menos novedades.
¡Y ni hablar del pésimo ambiente que se respira en las salas! Además de los alumnos de escuelas públicas escribiendo sin cesar, los vigilantes hacen lo propio al no permitirte acercarte ni tantito a las obras. Porque si bien es cierto que es «en pro de la protección del patrimonio ahí exhibido», alguien que busca examinar con mayor detenimiento los detalles sumamente importantes en determinadas obras –como por ejemplo las pinturas casi-mapas que se hacían en la época- encontrarán imposible dicha tarea. Y no estoy abogando por el «Toca, juega y aprende» del Papalote Museo del Niño en el retrato de Sor Juana Inés de la Cruz o en el Cristo-niño crucificado pero sí creo que inclinarte para ver más de cerca un fragmento con más precisión no es un crimen.
No sé si fue el hecho de que fui en domingo —día en que todas las familias aprovechan para ir a museos… porque a los niños se los dejaron de tarea—, porque a mi parecer el nombre de Revelaciones le quedó grande a la exposición —como a algunos les queda grande la yegua— o porque las exposiciones así de didácticas ya no son para mí. La verdad es que salí bastante decepcionado de la exposición. Tanto que tuve que ir a Gandhi para socavar ese sentimiento con otro: el de no tener dinero para comprar los libros que se me antojaron tanto.